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Thursday, February 6, 2014

DÍA 27. Fascinación


Lo importante de la vida y sus pequeños detalles.

Parece que todo va cambiando, aunque, el amor es como un examen de facultad. Nunca te puede aventurar a decir que va bien, porque puede ser todo lo contrario.
Pero yo soy muy de aventurarme. Amanecí con mariposas en la tripa y evité los post-it de la pantalla del ordenar. Me recuerda a cuando me enamoré de ti y decidí dejar la carrera en segundo plano por vivirte en la primera fila.

Te hablaba antes de pequeños detalles, por ejemplo, unos ojos verdes que brillan con el sol madrileño de mediodía. Creo que no hay mejor alegoría de la vida que sentarte al lado de una persona y ser el afortunado de ver sus ojos por primera vez. Hoy disfruté de uno del verde rozado con la luz.

Mi problema es haber perdido el hábito de sonreír, Sergio.
¡Coño! Que mis padres me pusieron una ortodoncia con diez años, y yo, de repente, me he vuelto incapaz de sonreír. Me he lanzado a la aventura de rozar una espalda desnuda con las yemas de los dedos y a fumar un cigarro en febrero en el balcón. Un mundo de contrastes, el calor de la piel, peleando a plena espada con el frío de Madrid.

Un domingo en el que no hacer nada, como los nuestros. Como los que pasábamos en el sofá agotando películas y reposiciones de programas. Sólo hay una pequeña diferencia, ya no es contigo, y tampoco te echo mucho de menos.

¿Sabes? A veces, pienso que si alguien abre mi ordenador y lee este documento, en el que no hago nada más que contar mi vida sin ningún tipo de pudor, va a pensar que estoy loco, pero… ¡A la mierda! Me encanta, creo que he vuelto a los 18, y de eso ya han pasado casi diez años.
Me he hecho cocinero, pero no como los de la televisión, de los buenos. De los que consiguen hacer un plato excesivamente bueno con cuatro cosas que hay en la nevera.
Hemos dejado a Elenita y a sus cosas de histérica vagar por las calles de Madrid con un chico que ha conocido el otro día en Cats. Es lo más, si tuviera que enumerar todos los hombres que la han ilusionado en la vida me faltarían folios. Siempre con ese “Marcos, este es el de verdad, lo noto”. Tiene el rádar del amor tan estropeado… bueno, como yo.
Desgaste mis puntas de los dedos cambiando de canal el resto de la tarde, mientras que David me nutría con gominolas y cosas demasiado insalubres para ser contadas. Cuando el día no parecía dar más de sí que unas mariposas en el estómago y unos roces dérmicos… sonó el teléfono.
Elena y sus locuras. Que viene para acá con “nosecuantos” compañeros de facultad a conocerme. Y yo, que soy tan anfitrión como los es Isabel Preysler en un anuncio de bombones me puse mis galas más decentes y adecenté cada rincón del hogar en tiempo record.
Sin darme cuenta, tenía a diez universitarios a mí alrededor mirándome sin perder detalle de nuestras anécdotas de universidad y de vida. ¿Síntoma de que me hago viejo? ¡No! Es que me he convertido en voz de experiencia.
Cuando el humo nicotinado había tomado el salón, aquéllos chavales abandonaron el piso y me dejaron a mí, sólo, con David y Elena. En una vida que se ha convertido en normal. Barriendo y recogiendo.

Y cuando ya dejas de creer en las señales y casualidades, pones la radio y…

“Quédate por siempre a mi lado. Es real lo que siento, mi vida, lo entendí, cuando te conocí. Yo que no creía más en esto, fue el poder de tu amor lo que me hizo caer en esta fascinación.
Esta fascinación que me da tu amor…”

En ese momento sentí que, por el momento, no me equivocaba. Que había conseguido aceptar amores que me mimasen. Aunque, a decir verdad, no estoy muy convencido. Sufro un conflicto entre lo que pienso y debo pensar. Y en medio de esa batalla aparece tu puta cara, cuando ya no sol, cuando sus ojos está cerrados y cuando mi insomnio y yo vagamos por las sábanas esperando un empujón que no lleve al camino bueno.

Imagino que tú estás igual, pero más sólo ¿Verdad?



Wednesday, January 8, 2014

DÍAS 26. Después de todos estos años



Sábados en los que quiero vomitar, del asco que me dan. Hoy fue uno de esos.

Tranquilo, esta vez tú no me das asco. Ni David me da asco. Yo, yo soy el que doy asco.

Estoy viviendo una sarta de mentiras. Soy incapaz de decirme a mí mismo esa verdad que tanto te he recriminado estos días. Las cosas claras. David no me llena. Tú si me llenabas.

Y me he dado cuenta hoy, en la ducha. 
Contigo discustía. Nos contábamos las cagadas, los males, nos enfadábamos. Dejábamos de hablarnos cinco minutos y… Nos reconciliábamos, como debe ser, rozándonos la piel, desgastándonos dermis y epidermis. Sacábamos todo, nos quedábamos desnudos, en carne viva y nos fusionábamos en uno. Con David no.

Se ha levantado y me ha dicho: “¿Quieres desayunar?”.
Sinceramente, Sergio, me han dado muchas ganas de darle una colleja. Para que espabile. Le he mirado y le he contestado: . “Me voy donde Lola, hay leche en la nevera. Encima de la mesa galletas que trajo Elena de su pueblo”

En realidad, creo que no sé lo que quiero.

Mientras el microondas, con su leche dentro, emitía un sonido ensordecedor, yo imprimía las fotos de Lola del otro día. Bajé con ellas y se las di. Me abrazó y sentí esa mandil lleno de olores que alimentan. Sentí su suave y arrugada piel de la cara en mi cuello y se me pasó todo.

Tomé café, sólo café. No tenía estómago para tortilla. Será que el asco que me doy me revuelve las tripas.
Mientras comentábamos un programa de la tele, Lola ponía celo a sus fotos y las colgaba encima de la cafetera. Presidiendo el bar. Me encanta hacerla sentirse especial, porque lo es y porque muy pocos lo ven. Es única.

Salí del bar con los besos de Lola bien marcados en el pómulo. Carmín con olor a beso de mi abuela. Compré la prensa y noté la vibración del móvil. Descolgué y…

-         -¿Marcos?
-         - ¿Sí? ¿Quién es?
-         - Joder, no me conoces por la voz…
-         -¡Hostia, Ana! ¡Qué susto! Es que con ese número…
-          -¿Te apetece venirte a casa a comer? He hecho pollo y me apetece que vengas a probarla.
-         - ¡Claro! Me salvas la vida.
-          -Bueno, pues vente cuando quieras. Que hoy no pienso quitarme el pijama.
 Cambié mi rumbo y fui caminado hasta Callao. Cogí el bus.

Llamé a Elenita. Parece ser que los dos niños hablan demasiado entre ellos. Te cuento la conversación, tal cual:

-     -Jelen, que como con Ana, en su casa. No me esperéis ¿Vale?
-     -Joder, Marcos. Te estás luciendo. Te recuerdo que tú eres que rozas los 30, no yo. Tienes a David por casa como alma en pena. De Sergio no voy a comentar nada, pero de ti sí. Tío, te dije que estaba pillado por ti y vas y le jodes. Tío, que esto no es propio de tí. Pero vamos, que yo no me meto, que tu eres casi mi hermano. Pero que no me quiero meter, pero me jode.
-    -Jelen, mira, tranquila, a la noche lo hablamos bien todo.
-     No pero a ver ¿Qué le digo? ¿Cómo le consuelo? Porque vamos, esta para chopped. No puede con la vida, claro, te recuerdo que hace un mes estabas tú así, pero parece que los demás te dan igual. Sólo quieres estar tu bien.
-    -Pero, vamos a ver, mira Jelen, te sabes todo mejor que nadie y… no voy a discutir contigo por David. Que nos vemos luego.

En cosa de poco menos de un minuto, uno de los pilares de mi vida me ha llamado viejo, egoísta, insincero e inmaduro. Lo peor, no es que me lo haya dicho Elenita, lo peor es que me ha arrancado unas lágrimas. Tiene mucha razón. Está cargada de razón.

Llegué a casa de Ana hecho una mierda. Menos mal que el pequeño Lucas saca sonrisas de donde no las hay. Pregunté por Jon, pero estaba en Irún, por no sé qué cosas de familia.

Expuse a Ana mis preocupaciones. A bocajarro, sin piedad y sin ningún tipo de síntesis.
Sentada en el sillón, sin parar de preguntar, sacando su garra de periodista, su afán de curiosidad y su poder curativo. Me revolvió en el interior, me sacó todo.

Chico, algo tienes que no gustas a nadie, Sergio. De verdad. Ana me ha dicho que juegas conmigo, pero que pase, que te borre. Me ha quitado el móvil y te ha bloqueado de todo. Pero, qué más da, el lunes te veré.

Mientras comíamos un pollo con arroz, hice un balance de todo. Con ella, evidentemente. 
Me ha dicho que, en realidad, es todo muy complejo, que no quita la razón a Elena, pero que sigo convaleciente de tu dolencia crónica. Que siempre quedará algo, pero ahí está mi fuerza de voluntad para taparlo. Que cierre tu capítulo, porque de nada servirá.

Joder, es que me muero por dentro. 
En realidad, te seré sincero, no tengo ganas de estar contigo. Ya no. Sólo de echarte de menos, porque me he acostumbrado, porque es algo rutinario y yo soy animal de rutina.

Pasé la tarde con Ana y Luquitas. Sin tí. Sin David. Sin Elena. Ana, Lucas, yo y la plastilina Jovi, haciendo caracolas en la mesa del salón y pintando borratajos en folios usados mil veces.

Sin quererlo se me hizo de noche. Sin quererlo me tuve que ir.
Me fui dispuesto a emplastecer todas las grietas, las que han resquebrajado la paz en casa estos días. Me fui dispuesto a curar mi infantilismo tardío. Me fui con ganas de dejarte ir.

Seguro que algún matemático es capaz de crear una ecuación por la cual, podamos hallar el tiempo exacto en que vuelves a mi vida, y me desbaratas todo.

Música para perforar mis tímpanos. Para que no se colase ni una sola gota de ruido exterior. Busqué en mi teléfono, entre miles de canciones y…

“…Hay alguien que pregunta si tal vez, tal vez, tu mirada esconda la locura. Y tú te sigues preguntando, si tal vez, tal vez acabará algún día esta tortura. Y tus silencios van tocando a despedida. Sepultando tu escenario. Y es que después de todos estos años. Y después de tanto, tanto daño. Y después de haber perdido tu sonrisa, de embargar todo tu encanto en malas cosas, en mala vida... de todos estos años. Y después de tanto, tanto daño. Y después de haber perdido tu sonrisa. De embargar todo tu encanto en malas cosas...”

Al salir del autobús, agaché la cabeza. Muerto de vergüenza.
Ahora soy yo el que la cago. Ahora soy yo el que se arrastrar. Ahora soy yo el que mendiga.

Abrí la puerta de casa. La cara de Elena fue un poema, arrugando el entrecejo e hinchando la nariz. David dejó de llorar al verme. Y yo hallé en sus ojos el cariño. Encontré lo que tu me negaste en la agonía de lo nuestro.

Fue entonces cuando me volví a dar asco. Cuando se me cerró la boca del estómago de nuevo. Cuando recordé mi torpeza para ver el amor. Cuando me sentí afortunado.

Saqué unas cervezas de la nevera, y entre nicotina y lúpulo ahogamos todos lo malo. Por anoxia oxipriva matamos todo. 

David comprendió mi situación. Aparté mi egoísmo en el cenicero y cedí. Porque necesitaba saber que escondía el verde de sus ojos. Nunca le había escuchado. No sabía de su fragilidad.
Siempre he sido perfeccionista en el trabajo, y tu lo sabes. Ahora, quiero serlo también en el amor.

Elena fue borrando arrugas de la frente, deshinchando la nariz y dibujando sonrisas. La costó, la verdad sea dicha.

Joder, que todo esto no es una película de amor en las que todo se arregla. Me toca demostrarlo con hechos, esos que yo siempre te pedía ¿Recuerdas?

En fin, que se nos hace tarde y tenemos que reconstruir todo. Que tenemos que reconciliarnos como tú y yo lo hacíamos. A pleno colchón, porque pulmones no me quedan, por el bendito tabaco.

Espero que si intuyes todo esto huelas este punto de inflexión.

Espero que te vayas dando cuenta de que hemos pasado a la historia de las parejas rotas.
Bueno, eso es lo que espero, porque soy el Rey de las recaídas amorosas.

Por cierto ¿Tú como estás?


Monday, December 30, 2013

DÍA 25. Libérame

Me levanté con el miedo a que siguieras ahí. Temía encontrarte en el sofá y tener que hablar. Pura vergüenza. Pero, a veces, el destino es cabrón y adorable al mismo tiempo. Te habías ido.

Carrera de fondo para llegar al trabajo y no entretenerme con los recuerdos. Cuando había superado recuerdos del pasado. En el portal, me dí de morros con el presente. David y Elena. Elena y David. Llegando a casa de la biblioteca, entre apuntes, y ahogados por el sueño.
Me sentí tan criminal. Tan asesino.

Mira, a decir verdad, no se si David es mi pareja, mi chico, mi chorbo, mi novio, un pasatiempos o un juguete. Ni idea. Lo que tengo calaro es que me salvo de la masacre en la que me habías sumido.

Joder, es que parece que se me había olvidado. Pasé semanas en una UCI emocional. En la que poco más y desarrollo un alexitimia. Sólo me servías tú. Encontré a alguien que me hacía sentir especial. Volviste tú.

Es increíble la rapidez con la que me haces deshacerme de todo lo malo. Es vertiginosa la velocidad con la que me embaucas y me lías.

Ana estuvo indignada por la escasez informativa a la que la sometí ayer.  Pero, no nos podemos enfadar. La verdad, es que con los amigos de verdad no hay café que no arregle nada. Y así fue.

Creo, que lo mejor es no darte más oportunidades. Como ella dice: “Pieza repetida no completa la colección”.

Cruzarme contigo y dejarte todo claro en una mirada. Me conoces como nadie. No mediamos palabra. Notaste mi negación en el ambiente. Yo me reafirmé arqueando las cejas, pero al final no pude evitar sonreírte. Supongo que, al final de todo, es como lo nuestro, siempre dejo la puerta abierta. Te estoy diciendo que no, pero, nunca se sabe. Ana, pese a sus consejos, cree que acabaremos juntos tarde o temprano.

Me he sentido muchas veces culpable. Y no lo soy. El infiel fuiste tú.

¡Mierda! Caminando hacia casa me di cuenta que yo también he mentido al chico de ojos infinitos.

Al llegar, se me olvidó que era viernes. Y destrocé la magia que tienen los comienzos del fin de semana sentando a David en el salón y dándole una dosis de realidad. Mira, si empezamos algo, que sea bien. Sin mentiras.

Hipocresía, no. Me mataría criticarte y, a la vez, se como tú. Sería para abofetearme. Y no.

 “David, mi amor. Mira te voy a ser claro. Aún sigo sintiendo algo por Sergio” Dije. A partir de ahí, todo salió a borbotones. Todo lo que hemos vivido después del adiós. TODO.

Vi como su corazón se rompía por los gesto que había en su cara, pero, permanecio inmóvil. Apenas habló, sus ojos verdes se convirtieron en cristal Murano gracias a las lágrimas, su piel morena se agrietaba al paso de las mismas.

Me recuerda a alguien. ¡Ah, sí! A mí contigo. Sin dignidad, sin importarme el sufrimiento.

No me dijo nada. Se limitó a ser hombro en el que llorar, como hasta ahora. Me necesita y yo le necesito. Eso es una realidad.

Por si no te habías dado cuenta. El amor es más cabrón que el odio. Odias y ya está. Amas y te complicas la vida.

Cuando creí que la conversación había terminado. Él me miró y me dijo: “Te quiero. Es lo que querías saber. ¿No?”

Sin pensarlo, respondí: “Y yo, yo también. Gracias”

Sí ¿Qué pasa? Lo he dicho. Que yo también le quiero. No debería importarte. Hace unos días te importaba Raúl.

A ver si me doy cuenta. A ver si te das cuenta. Somos futuribles inconexos. Nuestro amor ser ha viciado al sufrimiento. No vamos a llegar a nada, sólo a sufrir. Sólo al estercolero.

Lo sé, el discurso me ha quedado de puta madre. Sólo me queda cumplirlo. Lo intentaré. ¡Qué coño! Lo haré.

El resto de la noche la pasé con los chicos. Elena tumbada en mi tripa, y David en mi hombro. Soy como su padre. O esa sensación me da.

Antes de dormir, me puse a rebuscar entre los CD que siempre me ayudan:

“…No hay mal que dure cien años, mi amor vale mas que un papel.  Sólo libérame, desátame, acaba con lo poco que nos queda. Lo siento en la piel, no hay dos sin tres, tus manos no atrapan el sol. Sólo libérame, y déjame sola. Rompiéndome en silencio, volviéndome de piedra. A medias cintas no vale la pena…”

Joder, es que hay esperanza. Es que después de ti hay vida. Y yo sin saberlo.

Voy a dormir. Retiro todo lo que he perdonado. Retiro todo lo que he obviado.

¿Queda claro?

Friday, December 27, 2013

DÍA 24. La mejor noche de mi vida

Me desperté pensando en lo que debería ponerme. Siempre lo hago, cada vez que sé que te veré. Hoy hemos compartido demasiadas horas en poco espacio.

Me decepcionó no verte a la entrada, luego recordé que tu nuevo horario te hace madrugar menos.

Ana y yo nos dedicamos a hacer propuestas para nuevos reportajes y artículos de la revista. Nos encanta proponer cosas nuevas, ya sabes, Ainhoa se  pasa la mayoría de ellas por el arco de triunfo. Cosas de jefa que jamás entenderemos.

Todo pasa por algo. Y la predestinación que tu y yo tenemos es innata. Café de media mañana. Bar de siempre. Yo sólo. Tú en soledad. Buena ocasión para conversar, de no ser por tu orgullo.

Intenté hacerme el tonto durante unos minutos, con el afán de que me vieras y te acercaras. Lo dicho, tu orgullo no tiene límites. Más de medio café después fui yo, como siempre, el que se acercó.

-¡Hola! ¿No me dices nada? Dije.

-Pero Marcos… Si no te había visto. Estoy un poco mareado, con tanta cosa nueva ¿Qué tal la mañana? Respondiste.

-Bien, como siempre. Pero ya sabes que me encanta este trabajo. Constesté.

Nos sumergimos en nosotros, recordé los tiempos viejos, donde tu y yo compartíamos café. Caricias hubo. Sonrisas por doquier. Sentimientos de los de antes, de los bueno. Tan sólo unos minutos después me sorprendí después de decirte un “sí” a tu invitación de cenar. No me di cuenta. Inercia pura. Sin pensar.

La verdad, en otro momento me hubiese aterrado la idea, ahora, en este momento me encanta. Adoro volver a compartir tiempo contigo.

Nariz con nariz, nos aproximamos y… Ana entró en la cafetería. Me giré rápidamente, conozco de memoria su manera de taconear. Se acercó, te saludó y engulló un café.
Volví al trabajo siguiendo la huella del humo de mi cigarro. Conté a Ana nuestros planes y nos pusimos a dar el cayo. Hoy sin parar. Hoy con ganas de acabar jornada. Hoy con ganas de cenar contigo.

Aproveché los últimos rayos de sol cruzando Madrid, para sonreír.

Mientras transcribía una entrevista, me di cuenta de que este trabajo te hace sentir vivo. De lo bueno de estar activo, de ir consiguiendo objetivos profesionales, los sentimentales se me siguen escapando.

Mientras Ana llamaba al ascensor y me hacía gesto de “luegomellamas” y de “Cuántamelotodoporfavor”. Yo me retocaba el tupé, coquetería. Ella y su taconeo melódico se fueron. Yo en mi mesa, esperándote.

Diez minutos. Quince. Veinte… ¡Por fin! Un fluorescente agonizando, sin parar de parpadear te dio la entrada triunfal. Recogí las cosas y… emprendimos camino.
No hablamos del pasado. Nos dedicamos a reírnos. Tuve varias veces la sensación de que, cual Rey Católico, reconquistas tus dominios en mi cuerpo.

Recordé partes de piel, que se había vuelto vírgenes. Partes que David no había tocado.

Bobear, azotando baldosas del centro de Madrid, me encanta. Si es contigo me enamora.
Me tienes al borde de volver. No sé, me desarmas. Me licuas la sangre.

Cenamos ceviche. Probando cosas nuevas. Caminos, aproximándonos alarmantemente a casa. Caminando en círculos.

Plaza del Dos de Mayo. Magia para nosotros. Lugar clave en nuestra vidas y… Beso. Tardaba en llegar. Llegó.
Tienes una forma de pulir mis labios, que no se olvida. Que me mata y me revive en milésimas de segundo.

Catalepsia en un beso.

¿Recuerdas esta noche?  Yo la recordaré siempre. Sobre todo el momento en el que en un bar cualquiera, al filo de la medianoche, cogiste prestada una guitarra y cantaste:

“…Entre la felicidad y la desesperación, la carretera es muy corta. Necesitaba salir, romper con todo y vivir, que lo demás ya no importa... Como uno locos sin fe salimos a pelear contra la melancolía. Besamos la libertad, nos abrazamos a todo lo que nos sonreía. Como niños sin preocupación, como el ave que escapó. Creo que por una vez conseguimos no ser los esclavos de nadie. Nos perdonamos las viejas heridas. Así fue la mejor noche de mi vida…”

No recordaba tu habilidad frotando cuerdas de guitarra. Ni tu voz rompiendo en el agudo. Tampoco tu acento ficticio del sur al cantar. Tu y la música, posiblemente mis perdiciones más insanas. Tú y ella me habéis vuelto a clavar la flecha, habéis vuelto a hacer diana. Diana con dardos en forma de acordes.

El tabaco, tú y yo. Acabamos rozando la borrachera en mi portal. Terminamos labio con labio. Acabamos desgastando nuestras yemas de los dedos en el cinturón. Sin sexo.
En ocasiones hay más magia sin la magia del sexo. 

Sin pretenderlo te desahucié a mi sofá. A tú sofá. Mientras, mi torpe movimiento, dominado por la cerveza, era hilo musical de tu regreso a casa.

Me da pena David. Me doy pena yo. Me das pena tú. 
Hemos acabado como no queríamos. Hemos acabado acabando y no queríamos.

No sé, quizá dormir despeje todo esto. Te juro que esta noche ha sido muy decisiva. Quizá mañana. Aprovechando que estamos sólo en casa hablemos. Volvamos y decidamos romper con nuestros malestares. Nos necesitamos.

De nuevo me dejo llevar por el corazón. ¿Hablamos mañana?

Friday, December 20, 2013

DÍA 23. El último vals



De nuevo desperté con la convicción de que siguías ahí. Ahora, ya no sé si es rutina o el simple hecho de que sigo enamorado. Pongamos que es más lo segundo.

Tengo la misma sensación que tenía cuando hacía las maletas para irnos de viaje. La sensación de que falta algo. En este caso, esa intuición es algo real. Estoy bien, pero te quiero. Faltas tú. Y yo ya lo siento por David.

Mira, prefería estar hundido por tu ausencia, que andar enamorado de uno. Pillado de otro. Esas cosas no acaban bien.

Agonía de 23 días. Hemofilia emocional. Las heridas no cierran, o parece que cierran y se vuelven a abrir.
Me puede el buen hacer. Es lo que me ha dicho Ana. Todo porque decidí darte la oportunidad, recomendarte para un trabajo y… ¡PAS! ¡Contratado! Cuando me lo dijo Ainhoa, respondí con una sonrisa, de esas que se cagan la puta. Una sonrisa falsa, de esas que no se poner. Tu lo hacías muy bien.

Tío, esto es todo tan raro. No por tu ausencia, que también. Sino porque tan pronto estoy bien, como estoy hundido. El cuerpo está algo resentido. Somatizo mucho.
Me has tatuado ojeras.

Después de comer me he escapado de la redacción, con Ana. Antes de caer y darme el golpe contra el suelo. Antes de quedar decrépito, recurro a ella.
La he planteado mil dudas, pero la que más me quema es ¿Tú lo pasarás mal?

No sé, estoy planteándome seriamente llamarte y volver. A la vez, me estoy planteando de manera firme formalizar las cosas con David ¿Me lo explicas? Porque, yo no lo entiendo y yo no me entiendo.

Me he pasado la juventud poniendo cordura. Ejerciendo del eje maduro de los dos. Ahora soy el incoherente y el inmaduro.
¡Qué cojones! Seguro que lo estás pasando mal, de no ser así ¿Por qué me pides volver? 
Pero bueno, la verdad, me importa poco lo que sientas. Me preocupa esto. Quiero no estar así ya. Es parejo a cuando quiero adelgazar, y quiero ver los resultados instantáneamente. Quiero estar bien ya. Sin esperas.

Mientras daba vueltas a un café con leche, Ana, encontró la raíz a mi problema. No concibo la vida sin ti. Y es verdad. David está supliéndote. Y lo hace muy bien. Pero está siendo continuamente comparado con tu rastro, con lo que has dejado. Lo que hacías. Lo que me decías. A veces para bien, otras para mal, pero lo comparo contigo.

No me quiero imaginar el caos que vas a ocasionarme cuando trabajes en el mismo edificio. Mañana lo comprobaremos.

A casa he ido en el coche de Ana. No tenía ganas de caminar. Además, me he apuntado al gimnasio y quería llegar pronto. Para no encontrarme con Elena y con David antes de ir a sufrir a uno de esos templos de la frivolidad muscular.

He cargado un poco el móvil y me he puesto ropa de deporte. He entrado en el gimnasio, he pagado la desorbitada cuota mensual y me he puesto a correr en una cinta, como si fuera un hámster. He intentado hacer movimientos costosos en una maquina muy rara. Me he duchado y me he ido a ver a Lola.

Nos han dado las tantas. Otra vez que cierro el bar con ella. La he acompañado al bus, del brazo.
Volví a casa. Qué paz. Los niños no estaban. Ventajas de que se encierren este mes en la biblioteca.

Auriculares y a intentar dormir. Que la música amansa a las fieras. Y yo tengo sentiemientos muy fieras:
“…La felicidad es un maquillaje, de sonrisa amable, desde que no estás. Siempre serás bienvenido a este lugar. A mi lista de obsesiones, de nombres a olvidar. Cómo recordarte, sin mirar atrás. Yo nunca olvidare el último vals ...”

La música, como siempre. Bandera de lo que voy sintiendo.

La reflexión te la dejo a ti, que pocas ganas tengo de seguir pensando, por hoy.

Pero no podré dormir si no me resuelvo la duda de ¿Y si hubiéramos vuelto?